Sorprendentemente, así como el concepto de igualdad entre el hombre y la mujer recién se puso e discusión hace unas pocas décadas, la relación entre mujeres y tintas en el mundo el tatuaje es relativamente nueva.

Por ejemplo, 2012 fue el primer año en Estados Unidos en el que más mujeres fueron tatuadas que hombres (23% de las mujeres comparado con 19% de los varones). Y si bien en tiempos presentes el tatuaje femenino está por demás de normalizado, sus inicios fueron al menos, truculentos.

Una de las primeras figuras femeninas del mundo del tatuaje es la reconocida Olive Oatman. Nacida en 1858, en el seno de una familia mormona, conocería la tragedia, mientras se trasladaba de Illinois a California.

Durante ese viaje fueron atacados por los indios Yavapais. Olive, de 14 años y su hermana pequeña, Mary Ann, fueron esclavizadas y, posteriormente, vendidas a los indios Mohave, cuyo líder y su esposa las adoptaron.

Las dos hermanas pasarían así de la esclavitud al privilegio y fueron tatuadas con símbolos relevantes de la cultura indígena.

Cuando Olive fue devuelta a “la civilización” sus marcas llamaron la atención y la convirtieron en una celebridad.

A principios del siglo pasado era tan extraño descubrir tatuajes bajo el vestido de una mujer, que las que los llevaban eran auténticas estrellas de circo

Mujeres y tintas: las pioneras de la historia

Nora Hildebrandt, que nació en 1857, fue la primera mujer tatuada convertirse en una atracción de circo. Por aquellos años, los tatuajes seguían siendo una rareza y las mujeres tatuadas además siempre estaban envueltas en extrañas historias, quizás queriendo imitar a la pequeña Olive.

Esto se hacía para atraer al público y darle un contexto más atractivo al show. Nora era una de las que utilizaba estas historias y explicaba que la tribu de Toro Sentado la había tatuado de pies a cabeza, pero en realidad fue su padre quien la tatuó, el alemán Martin Hildebrandt, uno de los primeros hombres en montar una tienda de tatuajes en Estados Unidos, en 1846.

Recien a finales del siglo XIX, más específicamente en 1877, nacería Maud Stevens Wagner, considerada la primera tatuadora mujer de la historia.

Maud Stevens trabajaba en circos como acróbata, equilibrista y malabarista. En 1904 conocería a uno de los hombres más tatuados en esa época: Gus Stevens.

Pocos años después la pareja se casaba y Maud comenzaría el trabajo de tatuadora, primeramente sobre su esposo. La técnica que Maud había aprendido era la de “handpocked”: no tatuaba con las tradicionales máquinas que se ven hasta la actualidad. Su técnica era manual. Solamente se necesitaba una aguja, tinta, y mucha paciencia. El dibujo se realiza punto por punto. Esta es una de las técnicas más antiguas para tatuar. De hecho, es utilizada por tribus ancestrales de todo el mundo.

Maud nunca abandonó esta técnica, inclusive cuando ya había tatuadores que usaban las máquinas. Luego de una importante y reconocida carrera como tatuadora junto a su esposa, Maud Stevens Wagner falleció en 1960. Le dejó su legado a su hija, la también reconocida tatuadora Lovetta Wagner.

Las mujeres tatuadas llegan a la fama

A partir de 1920, las atracciones en los circos gozaban de relativa fama. Y las mujeres y tintas eran una de ellas. Nombres como Irene Woodward y Lady Viola estaban en la picota del entretenimento de antaño.

Si bien “la belle Irene” llegó a la tapa del New York Times, el éxito de Lady Viola fue abrumador y rápidamente opacó a Irene. Lady viola, paso a ser considerada en su tiempo, como la mujer tatuada más bella del mundo.

Las mujeres tatuadas seguirían siendo simplemente parte de un acto de circo por algunos años más. El cambio sería lento pero efectivo y una de las pioneras de este proceso es Betty Broadbent.

En 1930 Betty se presentó a un concurso de belleza durante la Exposición Universal. No ganó, pero consiguió algo de igual o mayor importancia: que el tatuaje comenzara a verse como arte y no como una moda marginal.

Las mujeres podían dejar se esconderse y reivindicar otro concepto de belleza. Betty Broadbent fue la primera persona que llegó al Salón de la Fama del tatuaje en 1981.

Las mujeres en la actualidad

Hoy por hoy, la cultura del tatuaje goza de una popularidad impensada hasta hace unas pocas décadas atrás. El arte que alguna vez perteneció casi exclusivamente a marineros, y maleantes, hoy ignora razas, edades y género. Mujeres y tintas son ahora una combinación aceptada. Y deseada.

Si bien la estadística respecto a las mujeres que trabajan en los estudios de tatuaje no es extremadamente alentadora, ya que sólo uno de cada seis tatuadores es mujer, hay un crecimiento progresivo y visible que tiene como representantes a distintas artistas de tatuajes femeninas con una magnifica reputación en sus espaldas.

Nombres como Kat von D, Sarah Miller, Nicole Lowe o Sarah Carter, son solo algunos de la interminable lista de mujeres tatuadoras que están en el top de la industria. Y las miles y miles que no logran esa notoriedad pero que igualmente están logrando hacer una carrera en el mundo de los tatuajes. Porque la relación entre mujeres y tintas es cada vez más estrecha.